terça-feira, 4 de dezembro de 2007

Quintay - Costa do Chile


El mar embravecido fue testigo.
Escarpado el cerro se despeña en rocas sueltas,
blanca estación de gaviotas que un día
de los despojos vivieron. Inocentes.

El viento ruge
trayendo del ayer el eco
del gemido de un gigante herido.

La rampa de antaño hiede aún a sangre fresca
y pasos caminan sin pisar
por no borrar las huellas.

Y la ola,
ya no lame, de imponente ballena, los ijares
por arpón avieso traspasados.

No se encanta el oído con el canto
que al hijo llamaba arrullando...
sólo se escucha el fantasmal lamento
en lágrimas de ámbar por su cachalote muerto.

Sobre el montículo de ruinas, pequeñas flores
apenas crecen, reptando
enroscadas en sí mismas
no quieren ver el mar, no miran la luz
ni descansan a la sombra de una estrella.

Sólo viven del recuerdo
de las ballenas muertas.

Patricia Benavente Vásquez

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